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Por Dario Nin
Hay historias que no fueron escritas para quedarse en el pasado.
Son historias que, cuando se cuentan, pueden convertirse en una luz para alguien que todavía está buscando su camino.
Tal vez tú, que hoy eres adulto, alguna vez fuiste ese niño que no entendía por qué las cosas eran tan difíciles. Quizás conociste la pobreza, la soledad, el rechazo, la falta de oportunidades, la ausencia de alguien importante, las dudas sobre el futuro o la sensación de que tus sueños estaban demasiado lejos. Pero seguiste adelante.
Por eso, hoy quiero proponerte algo: recuerda de dónde vienes, no para quedarte en la nostalgia, sino para que tu historia pueda ayudar a alguien que está viviendo lo que tú ya viviste. Hay jóvenes que actualmente atraviesan situaciones muy parecidas a las que tú enfrentaste cuando tenías su edad.
Algunos están desanimados. Otros han perdido la esperanza. Algunos no saben qué quieren hacer con sus vidas y quizá ni siquiera creen que puedan llegar muy lejos.
Y muy probablemente, lo que necesitan no es un discurso, sino, escuchar a alguien que pueda decirles: “Yo estuve ahí.”
Alguien que pueda contarles que también tuvo dificultades, miedos, que también se equivocó, que hubo momentos en los que parecía que no había salida;pero que siguió.
La inspiración de esta iniciativa encuentra un referente especial en la historia del empresario dominicano Víctor Méndez Capellán, quien contó en su libro “Si yo pude, tú también” las adversidades que enfrentó desde niño, después de quedar huérfano a los siete años y crecer en medio de grandes limitaciones económicas.
Su historia tiene un valor particular porque no presenta el éxito como algo que apareció de repente. Muestra un camino construido paso a paso, desde circunstancias muy difíciles hasta alcanzar importantes logros empresariales.
Pero esta propuesta no busca repetir aquella historia.Busca encontrar muchas otras.
Historias cercanas. Historias nuestras.La historia de aquel joven que salió de una escuela de un barrio, de un campo o de un pequeño pueblo y que, con esfuerzo y con la ayuda de alguien, logró abrirse camino.
Queremos encontrar personas que puedan mirar hacia atrás y decir: “Yo también pasé por eso.” Y después mirar hacia adelante y decirle a un niño, a un adolescente o a un joven:
“Si yo pude, tú también puedes.”
Porque quizá ese joven está sentado hoy en una butaca parecida a la que tú ocupaste alguna vez. Quizá camina por las mismas calles, tiene los mismos temores que tú tuviste.
Quizá piensa que sus circunstancias determinan para siempre su futuro.
Y tal vez tú puedes ayudarlo a descubrir que no necesariamente es así. No se trata de presentar vidas perfectas. Al contrario. Se trata de contar la verdad: de dónde venías, qué obstáculos encontraste, qué decisiones tomaste, cuándo apareció aquella primera oportunidad y qué hiciste con ella.
También se trata de hablar de las dificultades que llegaron después, porque superar una adversidad no significa que la vida deje de presentar desafíos. Significa aprender a enfrentarlos.
Por eso queremos escuchar esas historias desde la niñez, pasando por la adolescencia y los primeros años de la vida adulta, hasta llegar al momento actual.
Queremos saber qué obstáculos aparecieron, quién extendió una mano, cuándo surgió una oportunidad y cómo fue aprovechada. Pero, sobre todo, queremos llegar a una pregunta:
¿Qué le dirías hoy al joven que está viviendo lo que tú viviste ayer?
Ahí puede comenzar algo mucho más grande que un testimonio.Puede comenzar la justicia relacional: devolverle a otra persona, de alguna manera, aquello que alguien hizo por nosotros cuando lo necesitábamos.
Porque quizá alguien creyó en ti cuando tú todavía no creías en ti mismo.Quizá alguien te dio una oportunidad, alguien te enseñó, alguien simplemente te dijo una frase en el momento correcto.
Y si aquella ayuda contribuyó a que llegaras hasta donde estás, ¿por qué no convertir ahora tu experiencia en una oportunidad para otro?
No tienes que ser famoso.
No tienes que ser millonario.
No tienes que haber tenido una vida perfecta.
Solo necesitas tener una historia verdadera y estar dispuesto a compartirla.
Porque una historia puede ser una mano extendida.
Puede ser una puerta.
Puede ser una señal en medio de la incertidumbre.
Puede ser esa pequeña luz que no ilumina todo el camino, pero que permite dar el siguiente paso. Y quizás, después de escucharte, ese joven pueda levantar la mirada, recuperar un poco de esperanza y decir, convencido:
“Si él pudo, yo también puedo.”
Entonces tu historia habrá dejado de ser solamente tuya.
Se habrá convertido en una posibilidad para alguien más.
Cuenta tu historia. Inspira a otro. Devuelve lo que recibiste.
Porque a veces, ayudar a un joven a cambiar su futuro comienza simplemente diciéndole, con la autoridad que te da haberlo vivido:
**“Yo estuve ahí. Yo también tuve dificultades. Yo también pensé que no podía. Pero pude.
Y si yo pude, tú también puedes.”**
SFDSDERD30092026 DANIA
