|
En audio
|
Por Dario Nin
Hay preguntas que, por incómodas que parezcan, merecen hacerse, precisamente porque durante demasiado tiempo hemos creído conocer sus respuestas. Una de ellas tiene que ver con Cuba y el embargo económico y comercial que Estados Unidos mantiene desde hace más de seis décadas.
No escribo para defender al gobierno cubano ni para condenar la política estadounidense. Tampoco para demostrar que uno de los dos lados tiene la razón o la culpa. La pregunta es otra. ¿Qué pasaría si desapareciera una de las principales restricciones externas que han condicionado durante décadas la economía cubana?
El embargo existe y tiene efectos reales sobre las posibilidades de comercio e inversión. Pero también existe otra realidad. Durante años, el gobierno cubano lo ha señalado como una de sus principales causas de las dificultades. Sus críticos, en cambio, argumentan que parte importante de esas dificultades también responden a decisiones tomadas internamente.
¿Qué pasaría entonces si Cuba tuviera la oportunidad de relacionarse más libremente con el mundo? Si pudiera ampliar el comercio, atraer inversiones, incorporar tecnología y permitir que más ciudadanos desarrollen actividades económicas con mayor libertad. Y si, sobre todo, el gobierno ya no pudiera atribuir al embargo, cada dificultad? ¿Qué sucedería realmente?
Si Cuba comenzara a desarrollarse de manera significativa, mejoraran las condiciones materiales y aparecieran nuevas oportunidades, habría elementos para considerar que las restricciones externas tenían un peso considerable. Pero si no se desarrollara; tendríamos que mirar hacia otros factores, como el modelo o las reglas internas. Quizá ambas cosas puedan ser válidas al mismo tiempo.
Después de todo, una política externa puede producir consecuencias negativas sobre una población y, al mismo tiempo, un gobierno puede utilizar esas consecuencias para explicar errores propios. En ese escenario, el ciudadano común termina pagando dos veces, por restricciones externas y por consecuencias de decisiones internas.
Quizá, después de tanto tiempo, valdría la pena probar otra alternativa. No para premiar o castigar a un gobierno, sino para permitir que Cuba demuestre qué puede hacer cuando una de sus principales restricciones externas desaparezca. Si el país se desarrolla, la evidencia hablará por sí sola. Si no, tendremos que buscar las explicaciones en otro lugar.
Tal vez, después de tantas décadas, debamos cambiar la pregunta. En vez de cuestionarnos únicamente quién tiene la culpa del fracaso cubano, podríamos preguntarnos qué condiciones permitirían comprobar cuánto del problema proviene de factores externos y cuánto de decisiones internas. No se trata de elegir entre Washington o La Habana. Se trata de si estamos dispuestos a probar una alternativa que permita que los resultados hablen por sí mismos.
Quizá, el verdadero experimento no sea levantar el embargo. Quizá el verdadero experimento sea descubrir qué queda de cada explicación cuando la principal excusa desaparezca. Y entonces, Cuba tendrá que hablar por sus propios resultados.
Nos volveremos a ver en el camino. Hasta la próxima. Que Dios nos continúe bendiciendo.
DNSDERD01102026
