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Por Darío Nin
La sabiduría necesita comprender las circunstancias sobre las que pretende decidir, mientras que la inteligencia puede beneficiarse de la orientación que ofrecen los principios éticos. Cuando ambas se integran, nuestras decisiones tienen mayores posibilidades de ser acertadas, responsables y humanas.
Desde una perspectiva bíblica, esta reflexión adquiere una dimensión todavía más profunda. Proverbios 9:10 afirma: «El temor de Jehová es el principio de la sabiduría, y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia».
Para la tradición bíblica, la sabiduría no consiste únicamente en desarrollar habilidades o acumular información. Está vinculada al reconocimiento de Dios, a la reverencia ante su autoridad y a la disposición de orientar la conducta conforme a sus enseñanzas. En otras palabras, el que conoce el bien debe procurar practicarlo.
Esta idea también nos permite reflexionar sobre la educación. ¿Estamos formando personas que solamente sepan responder preguntas, resolver problemas y competir por oportunidades, o estamos construyendo y contribuyendo a formar ciudadanos capaces de pensar críticamente, discernir las consecuencias de sus decisiones y actuar con responsabilidad?
La diferencia es importante. Una sociedad puede avanzar en ciencia, tecnología y crecimiento económico, pero necesita preguntarse si ese progreso está acompañado de honestidad, solidaridad, justicia y respeto por la dignidad humana. El desarrollo de las capacidades intelectuales no garantiza, por sí solo, el desarrollo moral de quienes las poseen.
En una época en la que la inteligencia artificial puede procesar enormes cantidades de información, identificar patrones y producir respuestas en cuestión de segundos, esta distinción cobra especial relevancia. Disponer de herramientas cada vez más poderosas no elimina nuestra responsabilidad de decidir para qué las utilizamos, qué consecuencias aceptamos y qué límites debemos respetar.
La tecnología puede ampliar nuestras posibilidades, pero corresponde a los seres humanos establecer los propósitos, examinar los resultados y asumir la responsabilidad por sus decisiones. Por eso, además de aprender a utilizar las nuevas herramientas, debemos fortalecer nuestra capacidad de juicio, nuestro sentido ético y nuestra disposición a actuar pensando en el bienestar común.
Tal vez una de las mayores tareas de la educación contemporánea sea precisamente esa: aprender a sentir, pensar y actuar de manera coherente. Sentir para reconocer nuestra humanidad y la de los demás; pensar para comprender, cuestionar y discernir; y actuar para convertir nuestras convicciones en comportamientos concretos.
Porque la honestidad no se demuestra solamente conociendo su definición, sino practicándola. La justicia no se acredita únicamente hablando de ella, sino respetándola. Y la sabiduría no se revela exclusivamente en la profundidad de nuestros razonamientos, sino también en las decisiones que tomamos cuando hacer lo correcto exige renunciar a una ventaja personal.
DANSFDSDERD17102026
